El tipo no se quería mover. No había forma. Y eso que le dije varias veces que se iba a caer. Pero no, no se movía. Permanecía erguido, firme, con los pies al borde del acantilado, con los ojos bien abiertos mirando el mar. Algo le pasaba.
Apenas llegamos al acantilado se había sacado los zapatos y las medias, estaba descalzo, con medio pie levitando en el vacío. Sólo sus talones lo mantenían sobre el monumental paredón de piedra negra. 20 metros abajo estaba el mar. Las olas golpeaban contra las piedras más grandes de la playa, como si las quisieran taclear.
Siempre tuve problemas para taclear, por eso nunca me dejaban jugar en el equipo. Y es que soy un tipo voluminoso, no daba para ofensiva, por lo que si entraba era de pilar o de hooker, pero no, nunca me ponían, porque no sabía taclear.
El tipo ya me estaba poniendo nervioso. En 8 años de guía turístico nunca me había cruzado con un personaje así. Desde el momento en que entró a la garita frente a la playa supe que no era como otros turistas: llegó solo, vestía traje, tenía tonada cordobesa y sólo le interesaba llegar al Cabo Mocho. Lo mismo le hubiese dado que le dijera que la excursión salía el triple y sólo iba a ver gaviotas; el tipo estaba decidido.
Apenas llegamos al acantilado se había sacado los zapatos y las medias, estaba descalzo, con medio pie levitando en el vacío. Sólo sus talones lo mantenían sobre el monumental paredón de piedra negra. 20 metros abajo estaba el mar. Las olas golpeaban contra las piedras más grandes de la playa, como si las quisieran taclear.
Siempre tuve problemas para taclear, por eso nunca me dejaban jugar en el equipo. Y es que soy un tipo voluminoso, no daba para ofensiva, por lo que si entraba era de pilar o de hooker, pero no, nunca me ponían, porque no sabía taclear.
El tipo ya me estaba poniendo nervioso. En 8 años de guía turístico nunca me había cruzado con un personaje así. Desde el momento en que entró a la garita frente a la playa supe que no era como otros turistas: llegó solo, vestía traje, tenía tonada cordobesa y sólo le interesaba llegar al Cabo Mocho. Lo mismo le hubiese dado que le dijera que la excursión salía el triple y sólo iba a ver gaviotas; el tipo estaba decidido.
Tendría que haberle cobrado el triple.
El viento empezaba a soplar más intenso. Ya había pasado la hora reglamentaria del avistaje, aunque de avistaje no tuvo nada. El tipo en ningún momento me miró, durante todo el camino al Cabo estaba más interesado en el cielo y la altura que iba adquiriendo el acantilado que en mi explicación de cómo se reproducían los pingüinos. 60 minutos exactos, era tiempo de volver.
El viento empezaba a soplar más intenso. Ya había pasado la hora reglamentaria del avistaje, aunque de avistaje no tuvo nada. El tipo en ningún momento me miró, durante todo el camino al Cabo estaba más interesado en el cielo y la altura que iba adquiriendo el acantilado que en mi explicación de cómo se reproducían los pingüinos. 60 minutos exactos, era tiempo de volver.
- Bueno señor, ya terminó el recorrido. Si me sigue podemos volver a la garita para que busque las cosas que dejó, y si quiere, puede comprar algunos hermosos souvenirs para la familia o amigos. Hay unos llaveros con forma de ballena que están buenísimos. - enuncié casi de memoria.Tardé un poco en analizar la respuesta. No me la esperaba. ¿Quién la hubiese esperado? Con el último resto de respeto le contesté.
- No me jodas pelotudo. Y esos llaveros dan ocote. - me contestó.
- Disculpe señor, pero yo acá estoy trabajando. No sé usted qué está haciendo, pero yo no lo puedo dejar acá parado, es zona protegida.
- Andate a la mierda gil ocote. Me está por venir a buscar una gente. No te necesito más. Podés volver a esa garita chota a meterte los llaveros en el orto.
No pude evitar apretar mis manos y hacer crujir mis nudillos. El tipo escuchó.
- ¿Qué? ¿Me vas a pegar?
- Si no se aleja del acantilado sí.
- No me alejo ni bosta.
Reconozco que tengo una personalidad irascible, pero este tipo se había pasado. Y probablemente no se lo merecía pero en el momento no lo dudé, lo miré fijo, me acerqué tres pasos y le metí un castañazo en la nuca.
El tipo perdió equilibrio y cayó, en silencio, sin gritar. 19 metros. Golpeó de espaldas contra una piedra grande, y mientras su mismo peso lo deslizaba al agua, una gran ola lo tacleó con tal fuerza que una gota de sangre salada remontó el paredón de piedra y me salpicó justo debajo del ojo derecho.
En todo esto había algo raro, además de haber matado a un hombre por segunda vez sentí que no había hecho nada malo, es más, me sentía bien. Pensaba esto mientras me secaba el agua ensangrentada con la mano, entonces escuché una voz detrás mio:
- ¿Señor Corda? Lo hemos venido a buscar. ¿Tiene la pintura?. -
- ¿Señor Corda? Lo hemos venido a buscar. ¿Tiene la pintura?. -

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